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El café en el arte del siglo XIX

 En el siglo XIX, de sabroso privilegio destinado a unos pocos afortunados admiradores, el café pasa a ser una bebida de uso común y comienza a aparecer con mayor frecuencia en las pinturas.

En el célebre Desayuno en el estudio, pintado en 1868 por Edouard Manet (Mónaco, Neue Staatsgalerie), la figura del protagonista, el joven Leon Leenhof, y el fragmento de naturaleza muerta a sus espaldas, son tratados por el artista con el mismo compromiso: es precisamente en esta esquina de la mesa todavía puesta en la que, entre pieles de limón, conchas de ostras y vasos de vino, destaca una taza blanca de café perfilada en oro, mientras que al fondo se acerca una empleada del hogar que sujeta entre sus manos una cafetera plateada.

 

 Un camarero que lleva en la mano una cafetera lista para servir café es lo que encontramos en el lienzo Pere Lathuille, también de Manet (1879, Tournai, Museo de las Bellas Artes). 

 

 El seguidor del impresionismo florentino Silvestro Lega retrata en el lienzo de 1868 titulado Un dopo pranzo (Il pergolato) (Milán, Pinacoteca de Brera) la luz cálida y luminosa de las primeras horas de la tarde, que se filtra a través de un cenador, bajo el que esperan tres mujeres y una niña. Sobre un banco se apoyan las tazas y el azucarero, mientras que la joven camarera se acerca con calma llevando una bandeja con la pequeña cafetera de peltre. 
 

El café tampoco falta en uno de los numerosísimos bocetos de Scipione Vannutelli, dibujante y pintor romano de la segunda mitad del siglo XIX. En un pequeño folio de cuadros extraído de sus libretas, en las que se retratan escenas y momentos de la vida cotidiana en Roma (colección privada), plasma a una joven, sentada en una silla, que bebe tranquilamente una taza de café.

 

 

Elegante y refinado es el café que plasma Pierre Auguste Renoir en La fille du déjeuner (1879, Francfort, Stadesches Kunstinstitut). Sobre el inmaculado mantel, entre botellas y vasos de cristal, las tazas de porcelana finamente decorada nos recuerdan que la comida acaba de terminar; las dos señoras, elegantemente vestidas siguiendo la moda de la época, sonríen complacidas mientras que su caballero enciende un cigarrillo tras haber degustado una buena taza de café.

 

En 1884, con el lienzo precisamente titulado Al caffè (Mantova, Palazzo Tè, Museo Civico), Federico Zandomeneghi se aleja de la pintura de sello impresionista florentino, declarando su adherencia a la vecina pintura francesa, inspirándose claramente en las composiciones de Degas, del que toma el corte fotográfico de la escena y el primer plano a corta distancia. La joven descansa sentada en compañía de alguien del que sólo vemos una mano: frente a ella, sobre la pequeña mesita de mármol, únicamente una taza llena de café humeante que espera ser bebido. 

Paul Cezanne pone en práctica en Mujer con cafetera, pintado entre 1890 y 1895, la continua investigación sobre la forma que tanta importancia tendrá posteriormente para los cubistas. La figura femenina está sentada junto a una mesita en la que se apoyan una cafetera y una taza de café con una cucharilla: los contornos están marcados por sombras oscuras y los volúmenes están subrayados por la luz, que exalta la nítida geometría. Emana de la escena una fuerte sensación de cotidianeidad, resaltada también por la sencilla cafetera de metal y la taza sin decoración alguna, a excepción de un fino borde celeste: un momento de pausa y descanso como es tomar un sencillo café.

 

 

 
   
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